parecían ruinas de casas que casas, de las cuales percibieron que salía el ruido y estruendo de unos golpes, que aún no cesaban. Rocinante se espantó al ruido del agua y de los golpes, pero, aquietándole don Quijote, fue poco a poco llegando hacia las casas, encomendándose a todo su corazón a su señora Dulcinea, rogándole que en aquel temeroso paso y empresa le favoreciera, y por el camino iba encomendándose a Dios, que no se olvidase dél. Sancho, que no se apartaba de su lado, alargaba el pescuezo cuanto podía y miraba por entre las piernas de Rocinante si vería agora lo que le causaba tanto miedo y zozobra. Habrían dado otros cien pasos, cuando, doblando la esquina, pareció claramente y sin posibilidad de engaño la causa de aquel espantable y para ellos espumoso ruido que les había tenido toda la noche suspensos y con tanto miedo; y fue (si, lector, no te enojas ni descontentas) seis mazos de batanes, que con sus alternativos golpes hacían todo aquel estruendo.
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Capítulo XX
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