¡Malhaya la bellaca que en la flor de su juventud no quisiera antes ser monja que dueña! ¡Desdichadas de nosotras, las dueñas, que, aunque descendamos por línea recta de varón del mesmo Héctor de Troya, nunca falta a nuestras señoras el llamarnos «tú» si con eso piensan hacerse reinas! ¡Oh gran gigante Malambruno, que, aunque encantador, sois veraz en vuestras promesas! Envianos ya al sin par Clavileño, para que nuestra desgracia se acabe; porque, si entra los calores y estas nuestras barbas duran, ¡ay de nuestra suerte!»
Dijo esto la Trifaldi con tanto sentimiento, que sacó las lágrimas a todos, y aun a las de Sancho se las llenó; y propuso en su corazón de acompañar a su señor hasta los últimos fines de la tierra, si de que le quitasen la lana a aquellos venerables rostros dependía.