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nydus/Don QuixotePublic
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XXII

—Tenéis razón, amigo —dijo el primo; y dijo don Quijote—: Sancho, esa pregunta y respuesta no son tuyas; a otro las has oído.

—Guárdese la lengua, señor —dijo Sancho—; que a fe que si me pongo a preguntar y a responder, que no acabe desde aquí a mañana. ¡Vaya! que para preguntar necedades y responder disparates no ha menester uno andar buscando ayuda de su vecino.

—Has dicho más de lo que piensas, Sancho —dijo don Quijote—; porque hay algunos que se afanan en saber y probar cosas que, después de sabidas y probadas, no valen un maravedí para el entendimiento ni para la memoria.

En esta y en otras agradables pláticas se pasó el día, y aquella noche se alojaron en una pequeña aldea desde donde no había más de dos leguas hasta la cueva de Montesinos, según le dijo el primo a don Quijote, añadiendo que, si estaba empeñado en entrar en ella, sería necesario proveerse de sogas para poder atarlo y descolgarlo por sus honduras.

Don Quijote dijo que, aunque llegase al abismo, había de ver a dónde iba; así que compraron unas cien brazas de soga, y al día siguiente a las dos de la tarde llegaron a la cueva, cuya boca es espaciosa y ancha, pero llena de matas, zarzas, espinos y matojo silvestre, tan espesos emarañados, que del todo la tapan y encubren.

Al divisarla, el primo, Sancho y don Quijote desmontaron, y los dos primeros ataron inmediatamente a este con mucha firmeza con las sogas, y mientras lo ceñían y fajaban, Sancho le dijo: —Mire lo que hace, señor mío; no se nos vaya a enterrar en vida, ni se ponga donde parezca frasco que lo meten a enfriar en un pozo; que no es asunto ni cosa de la señoría vuestra hacerse explorador de esto, que debe de ser peor que mazmorra de moros.

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