Luego le preguntó a Dorotea cómo se las había ingeniado para llegar a un lugar tan apartado de su tierra, y ella, en breves y discretas palabras, contó todo lo que antes a Cardenio había contado, con lo cual don Fernando y sus compañeros quedaron tan gustosos, que quisieran que el cuento hubiera sido más largo; con tanta gracia contó Dorotea sus desdichas.
Acabada ella, don Fernando contó lo que en la ciudad le sucedió después que halló en el bofes de Luscinda el papel donde declaraba ser mujer de Cardenio y no poder ser suya. Dijo que la quiso matar, y que lo hubiera hecho si no se lo hubieran estorbado los padres de ella, y que se salió de la casa lleno de despecho y de vergüenza, con deliberación de vengarse cuando más cómoda sazón se le ofreciese.
El día siguiente supo que Luscinda se había ausentado de la casa de sus padres, y que nadie sabía a dónde se había ido; y finalmente, al cabo de algunos meses, supo que estaba en un monasterio, con intención de pas allí toda su vida si no la había de pasar con Cardenio; y así como lo supo, tomando a aquellos tres caballeros por compaña, llegó al lugar donde estaba, y habiéndola guardado de hablarla por no dar lugar a que, sabida su presencia, se pusiesen más guardas en el monasterio, esperando a una sazón que halló la portería abierta, dejando a los dos guardando la puerta, él y el otro entraron en el monasterio en busca de Luscinda, a quien hallaron hablando con una monja en el claustro; y sacándola de allí sin darle lugar a que se rezagase, llegaron con ella a un lugar donde se proveyeron de lo necesario para llevársela; todo lo cual pudieron hacer con entera seguridad, por estar el monasterio en el campo, muy lejos de la ciudad.
Añadió que, cuando Luscinda se vio en su poder, perdió el sentido, y después que volvió en sí no hizo sino llorar y sospirar, sin hablar palabra; y que así, con lágrimas y silencio, habían llegado a aquella venta, que para él era haber llegado al cielo, donde se rematan y tienen fin todas las desdichas de la tierra.