—Vea aquí, señor mono, este caballero quiere saber si fueron falsas o verdaderas ciertas cosas que le pasaron en la cueva que llaman de Montesinos. Hizo la señal acostumbrada, y el mono se le subió al hombro izquierdo, y pareció que le hablaba al oído, y al punto dijo el maestre Pedro: > —El mono dice que las cosas que usted vio o le pasaron en la cueva referida, parte dellas son falsas y parte verdaderas; y que él no sabe más en cuanto a esto, si no es que su merced quiera saber más el viernes que viene, que ahora se le ha acabado la virtud, y no le volverá hasta el viernes, según
—¿No dije yo, señor —dijo Sancho—, que no me podía abatir a creer que todo lo que vuestra merced dice de las aventuras de la cueva era verdad, ni aun la mitad?
—El curso de los acontecimientos lo dirá, Sancho —respondió don Quijote—; el tiempo, descubridor de todas las cosas, no deja ninguna que no la saque a la luz del sol, aunque esté sepultada en las entrañas de la tierra. Pero bástese esto por ahora; vamos a ver el retintero del maese Pedro, que me imagino que debe de ser de alguna novedad.
—¡Algo! —dijo el maese Pedro—; este retablo mío tiene sesenta mil cosas nuevas; créame vuestra merced, señor don Quijote, que es una de las cosas más dignas de verse que hoy hay en el mundo; pero operibus credite et non verbis, y manos a la obra, que se va haciendo tarde y tenemos mucho que hacer, y que decir, y que mostrar.
Don Quijote y Sancho le obedecieron y se fueron a donde el retablo ya estaba puesto y descubierto, rodeado por todas partes de candelas de cera encendidas que le hacían parecer vistoso y resplandeciente.