creíble), Sancho sintió un deseo de hacer lo que ningún otro podía hacer por él; mas era tanto el miedo que en su corazón se había entrado, que no se osara apartar de su amo la negra de la uña; pero escapar de no hacer lo que deseaba era también imposible; y así, lo que hizo para sosegarse fue quitar la mano derecha, con que tenía asida la trasera de la silla, y con ella, desatarse sola y silenciosamente la ligadura corrediza con que se sostenían los calzones, los cuales, sin ella, se vinieron a tierra en un instante, como grillos; y luego, alzando la camisa lo mejor que pudo, sacó las posaderas, que no eran pocas. Mas, hecho esto, en que él pensaba que consistía el salir de aquel terrible apuro y congoja, le vino a dar otro mayor, y fue que le pareció que no podía excusar el hacer ruido, y comenzó a apretar los dientes y a encoger los hombros, reteniendo el aliento cuanto pudo; pero con todas estas precauciones tuvo la mala suerte de hacer un ruidito, bien diferente de aquel que tanto le espantaba.
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Capítulo XX
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