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nydus/Don QuixotePublic
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XXVII. De cómo el cura y el barbero pusieron por obra su traza

ni dineros; porque ya conocí claramente que no la compra de los caballos, sino la de su gusto, había movido a don Fernando a enviarme con su hermano. La cólera que contra don Fernando hube cobrado, junta con el temor de perder la prenda que tantos años de amor y cuidado me habían ganado, me dieron alas; de modo que, casi volando, llegué a mi casa aquel mismo día, a la hora que convenía para hablar a Luscinda. Llegué no visto, y dejé la mula en que venía en casa del hombre bueno que me había traído la carta, y quiso la suerte que fuese tan próspera en este tiempo, que hallé a Luscinda a la reja testigo de nuestros amores. Conocióme ella luego, y yo a ella, mas no como ella debía conocerme, ni yo a ella. Pero ¿quién hay en el mundo que pueda presumir de haber sabido y entendido el cambiante condición y condición inestable de una mujer? La verdad, nadie. Prosigo: así como Luscinda me vio, me dijo: —Cardenio, yo estoy vestida de novia, y allá en la sala me están esperando el traidor de don Fernando y mi codicioso padre con los demás testigos, que lo serán de mi muerte antes que de mi casamiento. No te aflijas, amigo, antes procura hallarte presente a este sacrificio, el cual, si no se puede remediar con mis palabras, tengo un puñal escondido que podrá remediar con más segura violencia, dando fin a mi vida y dándote a ti enterísima prueba del amor que te he tenido y tengo. —Yo le respondí aturido y apurado, temeroso de no tener lugar para responderle: —Hagan tus obras, señora, las palabras verdaderas, y si tú tienes puñal para defender tu fama, yo tengo espada para defenderte a ti o matarme si la suerte nos es contraria.

“Pienso que ella no pudo haber oído todas estas palabras, pues noté que la llamaban con prisa, ya que el novio estaba esperando. Bajó entonces la noche de mi tristeza, se puso el sol de mi dicha, sentí que mis ojos se quedaban sin vista y mi mente sin razón. No pude entrar en la casa ni era capaz de movimiento alguno; pero pensando en lo importante que era que yo estuviese presente en lo que pudiera suceder en aquella ocasión, me armé de valor como pude y entré, pues conocía muy bien todas las entradas y salidas; y además, con la confusión que a escondidas reinaba

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