De la estupenda y jamás vista batalla que pasó entre don Quijote de la Mancha y el lacayo Tosilos, en defensa de la hija de doña Rodríguez
El duque y la duquesa no tenían por qué arrepentirse de la broma que se le había gastado a Sancho Panza dándole el gobierno; mayormente habiendo vuelto el mayordomo aquel mismo día, y habiéndoles dado una relación puntual de casi todas las palabras y obras que Sancho había dicho y hecho en todo aquel tiempo; y, por remate, les encareció el asalto de la ínsula y el miedo y salida de Sancho, de que no poco gusto recibieron.
Tras esto, cuenta la historia que llegó el día señalado para el combate, y que el duque, habiendo instruido muchas veces a su lacayo Tosilos cómo se había de entender con Don Quixote para vencerle sin matarle ni herirle, mandó quitar los hierros a las lanzas, diciéndole a Don Quixote que la caridad cristiana de que él hacía vanidad no consentía que aquella batalla se hiciese con tanto riesgo y peligro de las vidas; y que se contentase con que le ofrecía campo en su tierra (aunque iba contra el decreto del santo Concilio, que prohíbe los desafíos semejantes), y no quisiese llevar hasta el último extremo tan riguroso caso.
Don Quixote le suplicó a su Excelencia que en las cosas de su negocio dispusiese como quisiese, porque él le obedecería en todo.
Llegado, pues, el temido día, y habiendo mandado el duque levantar un espacioso tablao enfrente de la plaza del castillo para los jueces del campo y para las dueñas demandantes, madre e hija, acudió grandísima multitud de gente de todos los lugares y aldeas comarcanas a ver la nunca vista novedad de aquel combate, que ni muerto ni vivo hombre alguno de cuantos en aquellas partes había lo había visto ni oído.