luego, con más velocidad de la que parecía compatible con mi terror y fatiga, me metí en las montañas, sin otro pensamiento ni propósito que el de esconderme entre ellas y escapar de mi padre y de los que, por su orden, salieron en mi busca. Es ahora no sé cuántos meses há que, con este fin, vine aquí, donde topé con un pastor que me tomó por su criado a un sitio en las entrañas de esta sierra, y todo este tiempo le he servido de gañán, procurando andar siempre por el campo para encubrir estos cabellos que agora de improviso me han delatado. Pero todo mi cuidado y diligencia fueron en vano, porque descubrió mi amo que yo no era hombre, y le dio la misma mala intención que a mi criado; y como la fortuna no siempre depara remedio en los casos difíciles, ni yo tenía a la mano despeñadero ni sima por donde despeñar al amo y remediar su torpeza, como hice en la del criado, tuve por mejor dejarle y esconderme otra vez entre estos riscos que probar mis fuerzas y razones con él. Así que, como digo, volví a esconderme a buscar lugar donde con suspiros y lágrimas pudiese pedir al Cielo se apiadase de mi miseria y me diese favor y fuerzas para salir della, o que permitiese que muriese entre estas soledades, sin que della quedase memoria de una desdichada que, sin culpa suya, ha dado de qué hablar y murmurar en su tierra y en las ajenas.
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XXVIII. Que trata del extraño y deleitoso acontecimiento que al cura y al barbero sucedió en la misma Sierra
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