El mesmo día que Leandra pareció, la apartó su padre de nuestros ojos y la llevó a encerrar en un monasterio en un lugar cerca de allí, con esperanza de que el tiempo gastara algo de la infamia que había incurrido. La mocedad de Leandra disculpó su falta, a lo menos con aquellos a quienes no iba nada en que fuese buena o mala; mas los que conocían su discreción y entendimiento no atribuyeron su pecado a la ignorancia, sino a la malicia y natural condición de las mujeres, que las más veces suele ser voluble y mal regulada.
Retirada Leandra de la vista, los ojos de Anselmo se quedaron ciegos, o al menos no hallaban cosa que mirar que les diese gusto, y los míos estaban en tinieblas, sin rayo de luz que los dirigiese a cosa que agradable fuese en tanto que Leandra ausente estaba. Nuestra melancolía iba creciendo, nuestra paciencia se iba acabando; maldecíamos las bizarrías del soldado y afeábamos el poco cuidado del padre de Leandra. En resolución, Anselmo y yo acordamos de dejar el lugar y de venirnos a este valle; y él, paciendo un gran rebaño de ovejas suyas, y yo, un copioso hato de cabras mías, pasamos la vida entre los árboles, dando suelta a nuestros males, cantando juntos las alabanzas de la hermosa Leandra, o vituperándola, o ya suspirando a solas y al cielo en soledad derramando nuestras quejas. A cuyo ejemplo, otros muchos de los enamorados de Leandra se han venido a estas ásperas montañas y han tomado nuestro mismo ejercicio, y tantos son, que parece que se ha vuelto este sitio en la Arcadia pastoral, según está lleno de pastores y de majadas, y no hay rincón en él donde no resuene el nombre de la hermosa Leandra. Aquí la maldice uno y la llama caprichosa, inconstante y deshonesta; allí la condena otro por frívola y liviana; este la absuelve y perdona, aquel la abomina y blasfema; uno alaba su hermosura, otro infama su condición; en fin, todos la atacan y todos la adoran, y a tanto llega la locura de todos