mi honra tocase, así sería imposible hacerla o decirla como es imposible dejar de ser lo que ha sido; pues puesta que yo tengo mi cuerpo en vuestro poder, tengo el alma tan segura en las intenciones virtuosas, muy apartadas de las vuestras, como lo veréis si por fuerza procuráis ponerlas en ejecución. Vuestra vasalla soy, pero no vuestra esclava; la nobleza vuestra ni tiene ni debe tener fuerza para deshonrar y afear mi baja suerte; y tan en su punto tengo yo la estimación de mí misma, baxa labradora como soy, como vos, señor y caballero: tan poco han de valer con música vuestras violencias, tan poco han de pesar vuestras riquezas, tan poderosa ha de ser mi verdad a desengañaros como vuestros suspiros y lágrimas a enternecerme: que si yo viera en aquel que mis padres me dieron por esposo algunas de las cosas que aquí digo, su voluntad hubiera de ser la mía, y la mía hubiera de estar encerrada en la suya; y, quedándome la honra aunque me faltara el gusto, le quisiera de buena gana dar lo que vos, señor, queréis ahora alcanzar por fuerza; y esto digo porque no penséis que de mí ha de ganar cosa alguna quien no fuere mi legítimo esposo. —Si ese —dijo este desleal caballero— es el solo escrúpulo que ponéis, hermosísima Dorotea (que así es nombre de esta desdichada), ved aquí que os doy la mano de ser vuestro, y sean testigos desta verdad el cielo, de quien nada se esconde, y esta imagen de Nuestra Señora que aquí
Cuando Cardenio oyó que se llamaba Dorotea, volvió a mostrar alteración y acabó de creer ser verdad su primera sospecha; pero no quiso interrumpir el cuento, y deseaba saber el cabo de lo que ya casi sabía por entero, y así dijo solamente:
—¡Cómo! ¿Dorotea es vuestra nombre, señora? He oído hablar de otra del mismo nombre que tal vez pueda igualar vuestras desgracias. Mas proseguid; de aquí a poco acaso os diré algo que os asombrará tanto como os excitará compasión.