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nydus/Don QuixotePublic
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Capítulo XXXII

—Como el caballero me preguntó, no pude evitar responderle —dijo la muchacha.

—Pues bien —dijo el cura—, traigame esos libros, señor huésped, que los quiero ver.

—De todo corazón —respondió él—, y entrando en su aposento, sacó una maletilla vieja cerrada con una cadenilla, en la cual, abierto que fue, halló el cura tres libros grandes y algunos papeles escritos de muy buena letra.

El primero que abrió vio que era Don Cirongilio de Tracia, y el segundo, Don Felixmarte de Hircania, y el otro, la Historia del Gran Capitán Gonzalo Hernández de Córdoba, con la vida de Diego García de Paredes.

Cuando el cura leyó los dos primeros títulos, miró al barbero y dijo: —Aquí faltan ahora el ama de mi amigo y su sobrina.

—No —dijo el barbero—, bien puedo llevarlos al corral o a la chimenea, que hay allí muy buen fuego.

—¡Cómo! ¡Vuestra merced quiere quemar mis libros! —dijo el ventero.

—Solo estos dos —dijo el cura—, a don Cirongilio y a Felixmarte.

—¿Son acaso mis libros herejes o flemáticos, que quiere quemarlos usted? —dijo el ventero.

—Cismáticos queréis decir, amigo —dijo el barbero—, no asmáticos.

—Eso es —dijo el ventero—; mas si vuestra merced quiere quemar algunas, sea la de aquel Gran Capitán y la de aquel Diego García, que antes dejaría quemar un hijo mío que dejar quemar ninguna de las otras.

—Hermano —dijo el cura—, esos dos libros son mentiras y están llenos de devaneos y necedades; pero este del Gran Capitán es historia

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