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nydus/Don QuixotePublic
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XXIV

—En España hay señores y grandezas a quien dedicarlos —dijo el primo.

—No son muchos —dijo don Quixote—; no porque no lo merezcan, sino porque no se curan de aceptar libros ni de incurrir en la obligación de corresponder al trabajo y cortesía que el autor usó con ellos. Un príncipe conozco que excede a todos los demás, y con tanto exceso... cuánto, que si me atreviera a decirlo, quizás despertaría la envidia en muchos pechos nobles; pero quédese esto para más cómodo tiempo, y vamos a buscar lugar donde nos hospede esta noche.

—No lejos de aquí —dijo el primo—, hay una ermita donde vive un ermitaño que dicen que fue soldado, y que tiene fama de ser buen cristiano y hombre muy entendido y caritativo. Cerca de la ermita tiene una pequeña casa que él mismo edificó a sus expensas, pero aunque pequeña es bastante para recibir huéspedes.

—¿Tiene este ermitaño gallinas, le parece a vuestra merced? —preguntó Sancho.

—Pocos ermitaños hay que no los tengan —dijo don Quijote—, porque los que ahora se usan no son como los ermitaños de los desiertos de Egipto, que se vestían de hojas de palma y se sustentaban de las raíces de la tierra. Y no se entienda que, alabando a estos, desestimo a los otros; todo lo que quiero decir es que no llegan las penitencias de los de agora al rigor y austeridad de los antiguos; mas no por eso dejan de ser todos buenos; a lo menos, así me lo parece a mí; y cuando peor, el hipócrita que finge la virtud hace menos mal que el público pecador.

En esto vieron que se acercaba al lugar donde estaban a pie un hombre, el cual iba a gran paso, vareando una mula que traía cargada de lanzas y alabardas. Cuando llegó a donde ellos estaban, los saludó y pasó adelante sin detenerse. Don Quixote le llamó: —Deteneos, buen hombre; que parece que lleváis más prisa de la que a esa mula le conviene.

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