¡Bienvenido, digo, el valiente don Quijote de la Mancha; no el falso, el ficticio, el apócrifo que en estos últimos días nos han ofrecido en mentirosas historias, sino el verdadero, el legítimo, el real que Cide Hamete Benengeli, flor de historiadores, nos ha descrito!».
No respondió nada Don Quijote, ni los caballeros aguardaron a ello, sino que, volviendo las riendas con todos sus seguidores, comenzaron a hacer corvetas alrededor de Don Quijote, el cual, volviéndose a Sancho, le dijo: —Bien nos han conocido estos señores; apostaré que han leído nuestra historia, y aun aquella que ha poco que salió impresa, hecha por el aragonés.
El caballero que se había dirigido a don Quijote se acercó de nuevo a él y le dijo:
«Venga con nosotros, señor don Quijote, que todos somos servidores suyos y muy amigos de Roque Guinart»,
a lo que don Quijote respondió:
«Si la cortesía engendra la cortesía, la vuestra, señor caballero, es hija o muy propinosa parienta del mismo Roque; llevadme donde gustéis, que yo no tendré otra voluntad que la vuestra, mayormente si os dignáis de emplearla en vuestro servicio».
El caballero respondió con palabras no menos corteses, y luego, cerrándose todos en torno a él, emprendieron la marcha con él hacia la ciudad, al son de las clarines y los tambores. Al entrar en ella, el malo, que es el autor de todo daño, y los muchachos, que son más malos que el malo, hicieron de las suyas para que un par de aquellos atrevidos eインreprimibles pícaros se abrieran paso entre la muchedumbre y, levantándole el uno la cola al Rucio y el otro la a Rocinante, les metiesen un manojo de aliaga a cada uno debajo.