Por fin logró vestirse, y luego, despacio, porque estaba muy molido y no podía ir de prisa, se encaminó a la caballeriza, seguido de todos los presentes, y acercándose a Rucio lo abracó y le dio un tierno beso en la frente, y le dijo, no sin lágrimas en los ojos: > «—Venga acá, compañero y amigo y mío, y con quien compartí mis fatigas y trabajos; cuando yo andaba con vos y no tenía otros pensamientos que remendar vuestros aparejos y sustentar vuestro corpezuelo, felices eran mis horas, mis días y mis años; mas después que os dejé y me subí a las torres de la ambición y de la soberbia, se me han entrado por el alma mil pesadumbres, mil zozobras y cuatro mil desdichas», y en todo este tiempo iba poniendo el albarda al asno, sin que nadie le dijese palabra. Puesto pues el albarda a Rucio, con gran pena y dificultad subió sobre él, y, hablando con el mayordomo, con el secretario, con el maestresala y con el doctor Pedro Recio y otros muchos que allí estaban presentes, dijo: > «—Abridme lugar, señores, y dejadme volver a mi antigua libertad; dejadme que vaya a buscar la vida pasada, para que resucite de esta muerte presente. Yo no nací para ser gobernador, ni para defender ínsulas ni ciudades de los enemigos que quisieren acometerlas. Mejor se me entiende a mí del arar y del cavar, del podar y del escardar las viñas, que del defender provincias ni de regentar reinos. Bien está San Pedro en Roma; quiero decir que cada uno esté al oficio para que nació. Más se me asienta a mí en
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