pero, con todo eso, le hubieran despojado los buenos hombres, y aun mirado lo que escondido tenían entre la carne y el cuero, a no llegar en aquel instante su capitán, que, al parecer, sería de edad de treinta y cuatro años, robusto, de mediana estatura, de gravedad en el rostro y de color parda. Venía montado en un poderoso caballo, con una coraza puesta y cuatro pistolas que en aquella tierra llaman petroniles a los lados. Vio que sus escáceros (que así llaman a los de aquel ejercicio) iban a despojar a Sancho Panza, mandóles que lo dejasen, y fuéronle obedecidas al momento, y así la pretina se salvó. Espantóse de ver la lanza arrimada al árbol, el adarga en el suelo y a don Quixote armado y triste, con la más melancólica y entristecida figura que la misma tristeza pudiera formar; y, llegándose a él, le dijo: —No estés tan melancólico, buen hombre, que no has caído en las manos de algún desalmado Busiris, sino en las de Roque Guinart, que son más piadosas que crueles.
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