disponía a embarcar a los refugiados, cuando la tripulación se vio alarmada por un pesquero que pasaba y emprendió una retirada apresurada. Al renovar el intento poco después, ellos, o al menos una parte de ellos, fueron hechos prisioneros, y justo cuando los pobres muchachos del jardín exultaban ante la idea de que en pocos momentos más la libertad estaría a su alcance, se vieron rodeados por tropas turcas, de a caballo y de a pie. El Dorador había revelado todo el plan al dey Hasán.
Cuando Cervantes vio lo que les había sucedido, ordenó a sus compañeros que cargaran toda la culpa sobre él, y mientras los ataban, declaró en alta voz que toda la conjura había sido obra suya y que nadie más había tenido parte en ella.
Llevado ante el dey, dijo lo mismo. Le amenazaron con la estaca y con el tormento; y como cortarse las orejas y las narices eran travesuras corrientes entre los argelinos, bien se puede imaginar cómo serían sus torturas; pero nada pudo apartarle de su declaración original de que él y solo él era el responsable.