amenazadora dijo: —Carretero, o cochero, o diablo, o lo que eres, dime luego quién eres, a dónde vas y qué gente es la que llevas en tu carro, que más parece la barca de Caronte que carreta común.
A lo cual el diablo, deteniendo el carro, respondió mansamente: —Señor, nosotros somos recofos de la compañía de Angulo el Malo; hemos hecho en un lugar que está detrás de aquella loma, esta mañana, que es la octava del Corpus, el auto de Las Cortes de la Muerte, y le hemos de hacer esta tarde en aquel lugar que desde aquí se parece; y por estar tan cerca, y por ahorrar del trabajo de desnudarse y volverse a vestir, vamos vestidos con los mesmos trajes que representamos. Aquel mancebo hace la Muerte; aquel otro, el Ángel; aquella mujer, la del autor, la Reina; aquel, el Soldado; aquel otro, el Emperador, y yo el Diablo, que es el primer papel de todos, porque en esta compañía hago los principales. Si otra cosa S. M. quiere saber de nosotros, no tiene más que preguntármelo, que yo sabré responder con toda puntualidad, que, como soy diablo, todo se me alcanza.
—¡Por la fe de caballero andante —respondió don Quijote—, que cuando vi este carro me imaginé que se me presentaba alguna grande aventura!; mas álcense las manos a los ojos, según aquello de que es menester tocar los aparejos, para no dejarse engañar de las ilusiones.
¡Con Dios andad, buena gente; haced vuestra fiesta, y acordaos de que, si me pedís algo en que yo os pueda hacer servicio, lo haré de muy buena gana y con alegre talante, porque desde mi niñez fui aficionado a la comedia, y en mi mocedad fui muy amigo del ejercicio de los farsantes!
Mientras conversaban, quiso la suerte que se les allegase uno de los de la compañía, vestido de figuroso, con muchos cascabeles, y armado en la punta de un palo con tres vejigas de buey hinchadas; el cual bufón o mamarracho, llegándose a Don Quixote, comenzó a heñir el palo y a dar