son, y los otros son lo que no fueron. Y podrá ser que yo sea de los segundos, que, después de averiguado, mi origen fuese grande y famoso, con lo cual se deberá contentar el rey, mi señor padre que ha de ser; y si no se contentare, la princesa me ha de querer de manera que, aunque bien sepa que soy hijo de un acarreador de agua, me ha de tomar por señor y por esposo, a pesar de su padre; si no, llevársela he y ponérsela he donde yo quisiere, que el tiempo o la muerte han de acabar el enojo de sus padres”.
—También viene a parar en esto —dijo Sancho— de lo que suelen decir algunos maliciosos: «No pidas de grado lo que puedes tomar por fuerza»; aunque más valía decir: «Más vale salto de mata que ruego de hombres buenos».
Yo lo digo porque si el señor rey, vuestro suegro, no se ablanda en daros a la señora infanta, no hay más sino, como vuestra merced dice, hacer fuerza y llevarla por desatino. Pero el daño está en que, en tanto que se hace la paz y se entra en la posesión pacífica del reino, el pobre escudero se muere de hambre en lo que toca a situado, si no es que la doncella confidenta, que ha de ser su mujer, se viene con la princesa, y que con ella pase la mala ventura hasta que el cielo otra cosa disponga, pues a su señor bien se la puede dar desde ya por mujer legítima.