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nydus/Don QuixotePublic
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V

Pero mira, Sancho, que si por buena ventura te vieres con algún gobierno, no te olvides de mí y de tus hijos. Advierte que Sanchico tiene ya quince años cumplidos, y es razón que vaya a la escuela, si su tío el abad le tiene de dejar ordenado de la Iglesia. Considera también que tu hija Mari-Sancha no se morirá de hambre si la casamos; que tengo yo para mí que tiene tanta gana de marido como tú de gobierno; y, a la postre, mejor parece hija mal casada que bien abarraganada».

—A fe mía —respondió Sancho—, si Dios me depara tal que llegue a tener algún gobierno, pienso, mujer, hacer tales bodas a Mari-Sancha, que no se lleguen a ella sino con llamarla «señoría».

—No, Sancho —respondió Teresa—; cásala con uno de su igual, que es lo más acertado; porque si la sacas de los almadreñas y la metes en zapatos de tacón, y de su sayas de sayal y holanda a los faranduleros miriñaques y guardainfantes, y de un «Mariquilla» y un «tú» a un «doña fulana» y «señoría», la muchacha no sabrá dónde tiene la mano derecha, y a cada paso tropezará en mil faltas que descubrirán la hilaza de su tela basta y tosca.

—¡Bah, necio! —dijo Sancho—; no será sino ponerme a ensayarla dos o tres años, y luego el señorío y la gravedad le vendrán al cuerpo como el anillo al dedo; y si no, ¿qué importa? Sea ella condesa, y venga lo que viniere.

—Quédate en tu estado, Sancho —respondió Teresa—; no quieras levantar los pies del suelo, y acuérdate del refrán que dice: «Pon la mano sobre el tocino de tu vecino, y cógelo contigo». ¡Bonito sería eso de casar a nuestra Mari Gutiérrez con algún conde o señor alto que, luego a luego, cuando se le antojase, la hubiese de llamar villana, y nacida de sornijas y de hilandera!

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