noche y nos pusieron en un gran aprieto, de donde los moradores de la ínsula dicen que salieron salvos y vencedores por la fuerza de mi brazo; y Dios les dé tanta salud cuanta verdad hay en esto. En resolución, yo he pesado en estos tiempos los cuidados y las cargas que el mandar trae consigo, y por mi cuenta he hallado que no los pueden llevar mis hombros, ni son carga para mis costillas, ni flechas para mi aljaba; y así, antes que el gobierno me derribase a mí, preferí derribar yo al gobierno; y ayer mañana dejé la ínsula como la hallé, con las mismas calles, casas y tejados que tenía cuando a ella entré. No he pedido prestado a nadie ni he procurado enriquecerme; y aunque pensaba hacer algunas leyes provechosas, no hice ninguna, temeroso de que no se habían de guardar, que es como no hacerlas. Dejé la ínsula, como digo, sin más escolta que mi asno; caí en una sima, pasé por ella adelante, hasta que hoy por la mañana, con la luz del sol, vi la salida, no tan fácil que, si el cielo no me deparara a mi señor Don Quixote, me quedara en ella hasta el fin del mundo. Así que, señor duque y señora duquesa, aquí está vuestro gobernador Sancho Panza, que en solos diez días que ha tenido el gobierno ha venido en conocimiento de que no daría un cuarto por ser gobernador, no digo de una ínsula, sino del mundo entero; y sentado este punto, besando los pies a vuestras señorías, y haciendo el juego de los muchachos que dicen “salta tú, y dame una”, me salto del gobierno y me paso al servicio de mi señor Don Quixote; que, en fin, con él, aunque en él como mi pan con sobresalto, a lo menos me harto; y a mí, como esté harto, me da muy poco que sea con zahahorias o con
Aquí puso Sancho fin a su larga plática, habiendo estado todo el tiempo don Quijote con temor de que dijese una gran caterva de necedades; y