Del progreso del gobierno de Sancho y de otras tales entretenidas materias.
Llegó el día después de la noche de la ronda del gobernador; noche que el maestresala pasó sin dormir, tales eran sus pensamientos acerca del rostro, el donaire y la hermosura de la disfrazada doncella, al paso que el mayordomo empleó lo que della quedaba en escribir a sus señores todo lo que Sancho dijo y hizo, quedando tan atónito de sus dichos como de sus hechos, porque había una mezcla de discreción y simplicidad en todas sus palabras y acciones.
Levantóse el señor gobernador, y por orden del doctor Pedro Recio le hicieron desayunar con un poco de conserva y cuatro tragos de agua fría, que Sancho muy de buena gana trocara por un pedazo de pan y un racimo de uvas; pero, viendo que no había más remedio, lo pasó con harto dolor de su corazón y descontento de su estómago, habiéndole persuadido Pedro Recio que los manjares pocos y delicados despejaban el ingenio, que era lo que más convenía a las personas que mandaban y tenían cargos graves, donde se habían de valer no tanto de las fuerzas corporales cuanto de las del entendimiento.
Por medio de esta sofistería hicieron padecer hambre a Sancho, y un hambre tan rabiosa que en su corazón maldecía el gobierno, y aun al mismo que se le había dado; con todo eso, con su hambre y con su dulce, se puso a despachar aquel día juicios, y lo primero que se le ofreció fue una pregunta que un forastero le propuso, en presencia del mayordomo y de los demás asistentes, la cual fue en estos términos: > «Señor, un caudaloso río dividía dos términos de un mismo señorío —vuestra merced tenga atención, que