—Eructaré, diré de aquí en adelante, y juro que no se me olvidará —dijo Sancho.
—Asimismo, Sancho —dijo Don Quijote—, no has de mezclar en tus pláticas la muchedumbre de refranes que sueles; que, puesto que los refranes son sentencias breves, muchas veces los traes tan por los cabellos, que más parecen disparates que sentencias.
—Eso solo Dios lo puede curar —dijo Sancho—; porque más refranes tengo en el cuerpo que un libro, y viénenseme tantos juntos a la boca cuando hablo, que pelean por salir unos con otros; y así, la lengua va arrojando los primeros que encuentra, aunque no vengan a pelo. Mas yo tendré cuenta de aquí adelante de usar de los que convengan a la gravedad de mi cargo; que
«en la casa donde hay abundancia, presto se guisa la cena»,
y
«el que atada la mano tiene, no absuelve»,
y
«a buen salvavidas, buen nadador»,
y
«el dar y el tener, seso ha menester».
—¡Esa es la tuya, Sancho! —dijo Don Quijote—; hila, pisa, enhebra refranes, que nadie te estorba. «Mi madre me mima, y yo a troche y moche». Yo te estoy mandando que evites refranes, y en un jesús has soltado aquí una letanía de ellos, que vienen a nuestro cuento lo que «por los cerros de Úbeda». Mira, Sancho, no digo yo que parece mal