De lo que le sucedió a don Quijote con doña Rodríguez, la dueña de la duquesa, con otros acontecimientos dignos de escritura y de eterna memoria.
Extremadamente melancólico y abatido estaba el mal herido don Quijote, con el rostro vendado y marcado, no por la mano de Dios, sino por las uñas de un gato, desgracias anejas a la caballería andante.
Seis días estuvo sin parecer en público, y una noche, estando desvelado y pensando en sus desgracias y en la persecución de Altisidora, sintió que abrían la puerta de su aposento con una llave, y luego se imaginó que la enamorada doncella venía a asaltar su honestidad y a ponerle en peligro de faltar a la fidelidad que a su señora Dulcinea del Toboso debía. > —No —dijo él, creído firmemente de su imaginación, y díjolo con tanta fuerza, que se dejó oír—: no será parte la mayor hermosura de la tierra a hacerme dar trueco en la adoración de aquella que tengo impresa y gravezada en el centro de mi corazón y en las más ocultas entrañas de mis entrañas; tú, señora mía, doquiera que estés, ya trocada en labradora ruda, ya en ninfa del dorado Tajo, tejiendo telas de oro y seda, ya teniéndote en su poder Merlín o Montesinos, adondequiera que estés, eres mía, y doquiera que yo estuviere, tengo de ser