En el que el cautivo prosigue sus aventuras.
Antes de que pasasen quince días, nuestro renegado ya había comprado un excelente bergantín, con capacidad para más de treinta personas; y para dar seguridad al negocio y disimularlo, le pareció bien hacer, como hizo, un viaje a un lugar llamado Cherchel, a veinte leguas de Argel, hacia la parte de Orán, donde hay gran comercio de higos pasados. Dos o tres veces hizo este viaje en compañía del tagarino ya nombrado. A los moros de Aragón llaman tagarino en Berbería, y a los de Granada, mudéjares; pero en el reino de Fez llaman a los mudéjares elches, y son la gente de que el rey más se sirve en la guerra. A lo que iba: cada vez que pasaba con su bajel, anclaba en una cala que estaba a menos de dos tiros de ballesta del jardín donde Zoraida esperaba; y allí el renegado, junto con los dos muchachos moros que remaban, solía apostarse a propósito, ya haciendo sus oraciones, ya ensayando de broma lo que había de hacer de verdad. Y así se iba al jardín de Zoraida y pedía fruta, que su padre se la daba, sin conocerle; y aunque, según me dijo después, procuraba hablar a Zoraida y decirle quién era y que por orden mía había de llevarla a tierra de cristianos, de modo que quedase segura y contenta, jamás lo había podido conseguir, porque las mujeres moras no se dejan ver de ningún moro ni turco, si sus maridos o padres no se lo mandan; de los cautivos cristianos sí permiten la conversación y el trato, aun más de lo que fuera prudente. Pero yo me hubiera holgado de que no le hubiese hablado, porque acaso la pusiera en sobresalto ver que sus cosas andaban en boca de renegados. Mas Dios, que lo ordenó de otra manera, no dio lugar a la buena intención