la admiró fue Sancho Panza, al cual le pareció (como la verdad era) que en todos los días de su vida había visto criatura tan hermosa; y preguntó al cura con gran instancia que quién era aquella hermosa señora y qué buscaba por aquellos lugares tan remotos.
—Esta señora, hermano Sancho —replicó el cura—, no es menos persona que la heredera por línea recta de varón del gran reino Micomicón, la cual viene en busca de vuestro amo a pedirle un don, el cual es que le deshaga un tuerto y agravio que un malandrín de gigante le ha hecho; y por la fama que por toda la Mancha y aun en Guinea ha alcanzado vuestro amo de buen caballero, ha venido esta princesa a buscarle.
—¡Buena busca y buen hallazgo! —dijo a esto Sancho Panza—; ¡especialmente si mi amo tiene la buena ventura de desagraviar aquel agravio y enmendar aquel tuerto, y matar al hijo de puta del gigante de quien vuestra merced habla; que matarle le matará si le topa, sino si es fantasma, que contra los fantasmas no tiene mi amo poder alguno.
Pero una cosa entre otras quisiera suplicar a vuestra merced, señor licenciado, y es que, por evitar que mi amo no le dé la fantasía de ser arzobispo, que es lo que yo temo, le aconseje vuestra merced que se case luego con esta princesa; porque desta manera no podrá ser hábil para recibir órdenes arzobispales, y vendrá con facilidad a su señoría, y yo al cabo de mis deseos; que yo he considerado la cosa muy por menor, y a lo que yo ejo, no me conviene que mi amo sea arzobispo, porque yo soy casado para la Iglesia, y no tengo habilidad para ella; que agora, con tener mujer y hijos, ponerme a procurar avorcios para tener ración, sería nunca acabar; de modo, señor, que todo estriba en que mi amo se case luego con aquesta señora, que aún no le sé su gracia, y por eso no la nombro.
—Se llama la princesa Micomicona —dijo el cura—; porque, como su reino es de Micomicón, bien es claro que se ha de llamar así.