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สารบัญ

VIII

—Lo que quiero decir —dijo Sancho— es que nos demos prisa a hacernos santos, y alcanzaremos más presto la buena fama que pretendemos; porque mire, señor, agora o anteayer (por decirlo así de presto), han canonizado o beatificado dos frailes descalzos, y ya se tiene a tanta dicha poder besar o tocar las cadenas de hierro con que se cinchaban y atormentaban los cuerpos, que se tienen en más devoción, según dicen, que a la espada de Roldán en la armería de nuestro señor el Rey, que Dios guarde.

Así que, señor, más vale ser fraile humilde, sea de la orden que fuere, que caballero andante gallardo; y más vale ante Dios un par de docenas de disciplinas que dos mil lanzadas, ora se den a gigantes, ora a vestiglos o a dragones.

—Todo eso es verdad —respondió don Quijote—, pero no todos podemos ser frailes, y muchos son los caminos por donde Dios lleva a los suyos al cielo; la religión es la caballería, caballeros santos hay en la gloria.

—Sí —dijo Sancho—, pero yo he oído decir que hay más frailes en el cielo que caballeros andantes.

—Eso —dijo don Quijote— es porque los religiosos son más que los caballeros.

—Los andantes son muchos —dijo Sancho.

—Muchos —respondió don Quijote—, pero pocos los que merecen el nombre de caballeros.

Con estas y otras pláticas semejantes pasaron aquella noche y el día siguiente, sin que les sucediese cosa digna de mención, de lo cual don Quijote no poco se conistaba; mas al cabo, al día siguiente, a la hora del alba, divisaron la gran ciudad del Toboso, a cuya vista se le alegraron a don Quijote los espíritus y se le descabalgaron a Sancho, porque no sabía

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