Doncellas que le miran; y a esta mía, yo la castigaré de manera que no vuelva a pecar más, ni con los ojos ni con las palabras.
—Una sola palabra y no más, ¡oh valiente don Quijote!, os ruego que escuchéis —dijo Altisidora—, y es que os pido perdón del hurto de las ligas; que, a Dios y a mi alma que las tengo puestas, y he venido a caer en la mesma locura que aquel que andaba buscando el asno, y le llevaba acuestas.
—¿No lo decía yo? —dijo Sancho—. ¡Bueno soy yo para ocultar hurtos! ¡Válgame Dios, que si los quisiera gastar, ocasiones se me ofrecían bien a la mano en mi gobierno!
Don Quijote inclinó la cabeza, y saludó al duque y a la duquesa y a todos los circunstantes, y haciendo dar la vuelta a Rocinante, siguiéndole Sancho en su rucio, salió del castillo, encaminándose hacia Zaragoza.