Pues ¿qué temor de necesidad o pobreza que pueda alcanzar o afligir al estudiante se puede comparar con el que siente el soldado, el cual, hallándose cercado en alguna fuerza y haciendo centinela en un caballero o rebelín, ve que el enemigo está minando el puesto donde está situado, y no puede de ninguna manera retirarse ni huir del peligro inminente que le amenaza? Todo lo que puede hacer es avisar a su capitán de lo que pasa para que intente remediarlo con otra contramina, y estarse quedo, temiendo y esperando el momento en que ha de subir a las nubes sin alas y bajar a los abismos contra su voluntad. Y si este parece pequeño peligro, veamos si se iguala o hace ventaja al encuentro de dos galeras de proa a proa, en mitad del mar abierto, trabadas y entrelazadas la una con la otra, cuando el soldado no tiene más espacio para afirmarse que dos pies de la tabla del espolón; y con todo, aunque ve delante de sí tantos ministros de muerte que le amenazan cuantos cañones de la artillería enemiga le apuntan, que no distan de su cuerpo la longitud de una lanza, y ve también que al primer descuido irá a visitar los profundos senos de Neptuno, con todo eso, con intrépido corazón, llevado de la honra que le incita, se hace blanco de toda aquella fusilería y procura pasar por tan estrecho paso a la nave contraria. Y lo que es más de maravillar, que apenas ha caído uno en aquel profundo abismo de donde no resucitará hasta el fin del mundo, cuando ocupa su lugar otro; y si también cae en el mar que le aguarda como enemigo, otro y otro le sucede, sin cesar un momento entre muerte y muerte: audacia y atrevimiento el mayor que se puede hallar en todos los trances de la guerra. ¡Dichosos los bienaventurados tiempos que carecieron de la pavorosa furia de aquellos endemoniados instrumentos de la artillería, cuyo inventor tengo para mí que en el infierno está pagando el premio de su diabliza invención, con la cual dio causa a que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero; y que, sin saber cómo ni cuándo, en
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Capítulo XXXVIII
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