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nydus/Don QuixotePublic
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LIV

los picos en las bocas, y los ojos clavados en el cielo, ni más ni menos que si tomaran dél puntería; y en esta postura estuvieron gran rato, menendos de un lado a otra la cabeza, en señal de lo que gustaban, tragando las entrañas de los vasos en sus estómagos.

Sancho lo vio todo, «y no le pesó nada»; antes bien, pasando por el refrán que tan bien se sabía de «cuando fueres a Roma, haz como vieres», pidió a Ricote la bota y apuntó a una con los demás, y con no menos gusto.

Cuatro veces sufrieron las botas ser alzadas, pero a la quinta fue en vano, porque ya estaban más secas y estériles que un junco, lo cual hizo flaquear la alegría que hasta entonces se había mantenido.

De vez en cuando, alguno le apretaba la mano derecha a Sancho, diciéndole: «Español y Tudesqui tuto uno bon compaño», y Sancho respondía: «Bon compaño, jur á Di!», y luego soltaba una risa que le duraba una hora, sin acordarse en aquel instante de nada de lo que le había sucedido en su gobierno; porque los cuidados tienen muy poca fuerza sobre nosotros mientras comemos y bebemos.

En fin, acabado el vino con ellos, les vino una modorra y se durmieron sobre la misma mesa y manteles. Solo Ricote y Sancho quedaron despiertos, porque habían comido más y bebido menos, y, apartando Ricote a Sancho, se sentaron al pie de una haya, dejando a los peregrinos sepultados en dulce sueño; y sin faltar jamás en su lengua morisca, habló Ricote en puro castellano de esta manera:

—Bien sabes, vecino y amigo Sancho Panza, cómo el bando y edicto que su Majestad mandó publicar contra los de mi nación nos llenó a todos de terror y espanto; a mí, por lo menos, de suerte que creo que antes del término que se nos dio para salir de España ya me habían caído a mí y a mis hijos con todo rigor las penas del bando. Determiné, pues, y dígame prudente (como aquel que sabe que la casa en que vive le han de quitar

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