De las maravillosas cosas que el extremado don Quijote dijo que vio en la profunda cueva de Montesinos, cuya imposibilidad y grandeza hace que se tenga esta aventura por apócrifa.
Eran como las cuatro de la tarde cuando el sol, velado por las nubes, con luz remisa y templados rayos, dio lugar a que Don Quijote pudiese contar, sin calor ni incomodidad, lo que había visto en la cueva de Montesinos a sus dos ilustres oyentes, y comenzó de esta manera:
—A cosa de unas doce o catorce veces la altura de un hombre, bajando por este abismo, a la mano derecha, hay un recodo o espacio, capaz de poder caber un carro grande con sus mulas. Llega a él una poca de luz a través de unas hendiduras o rendijas, comunicadas con él y abiertas a la superficie de la tierra. Este recodo o espacio vi yo cuando ya iba cansado y mohíno de verme colgado de la soga, yendo de caída por aquella oscuridad abajo, sin tener cierta noticia ni conocimiento de dónde iba, por lo cual determiné entrarme en él y descansar un rato. Llaméos, diciéndoos que no dejaseis correr más soga hasta que yo os lo mandase, pero no debisteis de oírme. Fui recogiendo la soga que me ibais enviando, y, haciendo un ovillo o montón de ella, me senté sobre él, rumiando y considerando lo que había de hacer para bajar al fondo, no teniendo quien me sustentara; y estando en este pensamiento y perplejidad, sin ponérmese en el pensamiento ni provocarme a ello, me saltó un profundo sueño, y, cuando menos lo pensaba, no sé cómo, desperté y me hallé en la mitad del más bello, hermoso y deleitable prado que pudo criar la naturaleza ni la más avivada imaginación humana puede concebir. Abrí los ojos, los mojé, y vi que no estaba dormido, sino muy despierto. Con todo esto, me palpé la cabeza y el pecho para asegurarme si era yo mismo el que allí estaba o algún fantasma vacío y engañoso; pero el tacto, el sentimiento, los discursos pensados que por mi cabeza pasaban me