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nydus/Don QuixotePublic
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LXXI

—Anda, Sancho amigo, y no desmayes —dijo don Quijote—, que yo te doblo la postura en cuanto al precio.

—En ese caso —dico Sancho—, ¡en la mano de Dios sea, y lluevan azotes! Mas el pícaro no los daba ya en las espaldas, sino que daba en los árboles, con unos gemidos tales a cada vez, que parecía que se le arrancaba el alma de raíz.

Don Quixote, que le llegó el caso al alma y temió que no acabase de perder la vida, y que por la imprudencia de Sancho no alcanzase su intento, le dixo: —Por tu vida, amigo, que se quede la cosa en esto, que el remedio me parece muy áspero, y será menester tener paciencia; que «no se ganó Zamora en una hora». A mi cuenta, ya te has dado más de mil azotes; bastan por ahora; que «el asno —por decirlo en villano— carga el peso, mas no el sobrespeso».

—No, no, señor —respondió Sancho—; no se dirá por mí aquello de "Pagado el dinero, rotos los brazos"; vuelva vuestra merced un poco más atrás y déjeme que me dé al menos otros mil azotes, que en un par de tandas como esta habremos acabado con todos y aún sobrará tela.

—Pues que estás con tan buena disposición —dijo Don Quijote—, acompáñame el cielo; dale recio y yo me retiraré.

Sancho volvió a su labor con tanta resolución que pronto dejó sin corteza varios árboles, tal era la severidad con la que se azotaba; y en un momento, alzando la voz y propinándole un tremendo latigazo a una haya, exclamó: «¡Aquí muere Sansón, y todos los que con él están!».

Al oír sus dolorosas voces y el golpe del cruel azote, don Quijote acudió al instante, y asiéndole de la torcida jáquima que le servía de mandoble, le dijo:

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