se escuchan, no solo con aplauso, sino con admiración y todo? Sigue tu camino, muchacho, y no te cures de más; que, con tal que yo llene mi talega, como quiera que muestre tantas impropiedades como motas hay en el sol, no se me da un
—Así es la verdad —dijo don Quijote—; y el muchacho prosiguió:
«Mira qué numerosa y reluciente turba de jinetes sale de la ciudad en seguimiento de los dos fieles amantes, qué estruendo de trompetas, qué sones de añafiles, qué golpes de tambores y atabales; temo que los alcancen y vuelvan atados a la cola de su propio caballo, lo cual sería un espectáculo espantoso».
Don Quijote, sin embargo, viendo tanta morisma y oyendo tanto estruendo, juzgó que era bien acudir a los que huían, y, levantándose en pie, en voz alta dijo: —No he de consentir que en mi presencia se ofenda a tan famoso caballero y a tan atrevido enamorado como don Gaiferos. ¡Deteneos, malnacida chusma; no le sigáis ni persigáis, que habréis de entendéroslas conmigo! Y, diciendo y haciendo, desenvainó la espada y, de un salto, se arrimó al retablo, y con nunca vista celeridad y furia comenzó a llover cuchilladas sobre la morisma de los títeres, derribando a unos, desmochando a otros, a este desorejando, a aquél destrozando; y entre otros muchos tiró un revés tal que, si maese Pedro no se agacha, se encoge y se recata, le apechugara la cabeza con tanta facilidad como si fuera de mazapán. Maese Pedro daba voces, diciendo: —¡Deténgase vuestra merced, señor don Quixote, y advierta que estos que derriba, mata y destruye no son verdaderos moros, sino figuras de pasta de cartón! ¡Mire, pecador de mí, que me deshace y arruina todo cuanto tengo! Mas no por eso desamparaba de llover chuzazos, cuchilladas, reveses y estocadas don Quijote, y, finalmente, en menos de dos credos, dio con todo el retablo en el suelo, deshecho y añicos la toda su alcallería, el rey