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nydus/Don QuixotePublic
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XX

—Si vuestra merced tuviera buena memoria —respondió Sancho—, se acordaría de los artículos de nuestro trato antes de salir de casa esta última vez; que el uno fue que me había de dejar decir todo lo que quisiese, con tal que no fuese contra el prójimo ni contra la autoridad de vuestra merced; y hasta ahora me parece que no he quebrantado el tal artículo.

—No recuerdo semejante artículo, Sancho —dijo don Quijote—; y aun cuando así fuese, quiero que calles y vengas, pues los instrumentos que anoche oímos ya empiezan de nuevo a alegrar los valles, y sin duda el casamiento se celebrará en la frescura de la mañana, y no en el calor de la tarde.

Hizo Sancho lo que su amo le mandaba, y poniendo la silla a Rocinante y la albarda al rucio, montaron entrambos y a paso de caminante entraron por el portal. Lo primero que se le ofreció a los ojos de Sancho fue un buey entero ensartado en un olmo entero, y en el fuego donde se había de asar se ardía una mediana montaña de sarmientos, y seis ollas que alrededor de la hoguera estaban no se habían hecho en los moldes de las comunes ollas, porque eran seis tinas de media arroba cada una, que dentro de sus entrañas se tragaban y sepultaban, sin mostrarse más que si fueran pichones, albares enteras. Era sin cuento las liebres desolladas y los gallos plumados que por los árboles colgaban para ser sepultados en las ollas; las aves y caza de varios géneros eran sin número, puestas por las ramas para que el aire las enfriase. Contó Sancho más de sesenta pellejos de a más de a veinticuatro cuartillos cada uno, y todos llenos, según pareció después, de generosos vinos. Había, asimismo, rimeros de pan blanquísimo, como los montones de trigo que suelen verse en las eras. Había un muro hecho de

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