Por este tiempo ya habían llegado todos los compañeros de don Quijote a donde él estaba; pero los disciplinantes, viéndoles venir corriendo, y con ellos a los cuadrilleros de la Hermandad con sus ballestas, temieron daño, y, haciéndose torno a la imagen, levantaron las caperuzas y empuñaron las disciplinas, como los curas las hachas, esperando el asalto, con determinación de defenderse y aun de ofender a los contrarios si pudiesen.
Mas la fortuna lo guió mejor de lo que pensaban, porque todo el afán de Sancho fue echarse sobre el cuerpo de su amo, levantando sobre él la más doliente y risible plancha que jamás se oyó, creyendo que era muerto.
El cura fue conocido de otro cura que venía en la procesión, y el saludarse los dos desató los temores de entrambas partes; el primero dijo al segundo en dos palabras quién era don Quijote, y él y toda la turba de los penitentes se fueron a ver si el pobre hidalgo era muerto, y oyeron que Sancho Panza decía, con lágrimas en los ojos:
—¡Oh flor de la caballería, que con solo un golpe de un palo has acabado la carrera de tus bien gastados años! ¡Oh honra de tu linaje, honor y gloria de toda la Mancha y aun de todo el mundo, el cual, faltando tú, quedará lleno de malhechores, que no teman ser castigados de sus fechorías! ¡Oh tú, liberal sobre todos los Alejandros, pues por sola ocho meses de servicio me has dado la mejor ínsula que el mar ciñe y rodea! ¡Humilde con los soberbios, soberbio con los humildes, acometedor de peligros, sufridor de afrentas, enamorado sin causa, imitador de los buenos, azote de los malos, enemigo de los ruines; en una palabra, caballero andante, que es todo lo que decir se puede!