«Ítem, es mi voluntad que si Antonia Quixana, mi sobrina, quisiere casarse, se case con hombre de quien primero se haya hecho información que no sabe qué cosas sean libros de caballerías; y si se descubriere que los sabe, y, a pesar de esto, la sobrina quisiere casarse, y se casare, pierda todo lo que le he dejado, lo cual puedan mis albaceas aplicar a obras pías, a su voluntad».
«Ítem, suplico a los dichos señores mis albaceas que, si la buena suerte le trujere a noticia del autor que dicen que compuso una historia que anda por ahí con el título de Segunda parte de las hazañas de Don Quijote de la Mancha, se sirvan de pedirle de mi parte, tan encarecidamente como le sea posible, que me perdone del haber sido ocasión de que él escribiese tantas y tan desmesuradas necedades como en ella escribe; porque me voy de este mundo con escrúpulo de haberle dado motivo para escribirlas».
Con esto dio fin a su testamento; y, viniéndosele un desmayo, se extendió de largo a largo sobre la cama.
Todos se alborotaron y acudieron a darle favor; y en los tres días que vivió después de aquel en que hizo su testamento, se desmayó otras tantas veces.
Estaba la casa alborotada; pero, con todo eso, la sobrina comía, y el ama bebía, y Sancho Panza se regalaba: que el bien de la herencia borra o templa en el heredero la pesadumbre que es razón que deje el muerto.
Al fin llegó el fin de Don Quixote, después que hubo recibido todos los sacramentos y se hubo deshecho en eficaces razones contra los libros de caballerías. Se halló el escribano allí presente, y dijo que nunca había leído en ningún libro de caballerías que ningún caballero andante hubiese muerto en su lecho tan sosegadamente y tan cristiano como Don Quixote, el cual, entre las lágrimas y lamentos de los presentes, dio su espíritu, quiero decir que se murió.