Los primeros que se detuvieron fueron los que llevaban la imagen, y uno de los cuatro eclesiásticos que cantaban las letanías, viendo la traza estrafalaria de don Quixote, la flaqueza de Rocinante y otras circunstancias risibles que en don Quixote notó, le respondió: —Hermano, si algo nos queréis decir, decidlo presto, que estos hermanos se van azotando las carnes, y no podemos ni es razón que nos detengamos a escuchar ninguna cosa, si no es tan breve que en dos palabras se diga.
—Lo diré de una vez —respondió don Quijote—, y es esto: que al punto, en este mismo instante, deis libertad a esa hermosa señora, cuyas lágrimas y triste semblante claramente muestran que la lleváis contra su voluntad y que le habéis hecho algún desaguisado; y yo, que nací en el mundo para desfacer semejantes tuertos, no consentiré que paséis adelante un solo paso, si no le devolvéis la libertad que desea y merece.
De estas palabras sacaron todos los oyentes la consecuencia de que debía de estar loco, y comenzaron a reírse de buena gana; y su risa obró como pólvora en la cólera de Don Quijote, porque, desenvainando