Luscinda y Zoraida se colocaron junto a ella; enfrente de ellas estuvieron don Fernando y Cardenio; luego, el cautivo y los demás hidalgos, y a los lados de las señoras, el cura y el barbero. Y así cenaron con mucho gusto, el cual se acrecentó cuando vieron que don Quijote, dejando de comer, movido del mismo espíritu que le había incitado a hablar tanto cuando cenó con los cabreros, comenzó a decirles:
«A fe mía, señores, que, si bien lo consideramos, grandes y maravillosas cosas ven los que profesan la orden de la andante caballería. Si no, dígase: ¿qué mortal hay que agora entre por la puerta de este castillo y nos vea en la forma que aquí estamos, que juzgue y crea que nosotros somos los que somos? ¿Quién dijera que esta señora que está junto a mí es la gran reina que todos conocemos, y que yo soy aquel Caballero de la Triste Figura tan mentado por boca de la Fama? Agora bien, no hay duda sino que este arte y ejercicio excede a todos cuantos los hombres han inventado, y tanto más se debe tener en estima cuanto a más peligros está sujeto. A la hulla con los que dijeren que las letras hacen ventaja a las armas; que les diré, sean quien fueren, que no saben lo que dicen. Porque la razón que los tales mentecatos suelen dar, y en la que más hincapié hacen, es que los trabajos del espíritu atañen a las letras, y que las armas no exercitan sino el cuerpo, como si el exercicio dellas fuera oficio de ganapanes, para el cual no es menester más de recia fuerza, o como si en lo que llamamos armas los que las profesamos no se incluyesen actos de fortaleza para cuja ejecución se requiere harto entendimiento, o como si el alma del guerrero, quando tiene a su cargo un exerc ejercito o la defensa de una ciudad sitiada, no sudara tanto con el espíritu como con el cuerpo. Si no, véase si se alcanza por fuerzas corporales a saber y adivinar la intención del enemigo, los designios, las estratagemas, los embarazos, a prevenir los daños que se temen; que todo esto son cosas de entendimiento, en las cuales el cuerpo no tiene parte alguna. Pues siendo así que las armas necesitan del espíritu, así como las letras, veamos agora cuál de los dos espíritus, el del letrado o el del guerrero, trabaja más; y esto se vendrá a