grandísima gana de entrar en ella y ver por sus propios ojos si eran verdaderas las maravillas que de ella por toda aquella comarca se contaban. El licenciado respondió que le daría a un primo suyo, estudiante famoso y muy aficionado a leer libros de caballerías, el cual tendría muchísimo gusto en conducirle a la boca misma de la cueva, y le mostraría las lagunas de Ruidera, que asimismo eran famosas en toda la Mancha y aun en toda España; y le aseguró que le hallaría entretenido, porque era un mancebo que sabía escribir libros tales, que los podía dar a la imprenta y dedicarlos a príncipes. Llegó en esto el primo, trayendo un asno en bruto, con una albarda cubierta de una tapicería de varios colores o costal, ensilló Sancho a Rocinante, aderezó a su rucio y basteó sus alforjas, con las cuales iban las del primo también muy bien repuestas; y así, encomendándose a Dios y despidiéndose de todos, tomaron el camino de la famosa cueva de Montesinos.
Por el camino le preguntó Don Quijote al primo de qué género y condición eran sus ejercicios, ocupaciones y estudios, a lo cual respondió que él era humanista de profesión, y que sus ejercicios y estudios eran hacer libros para la imprensa, de grandísima utilidad y no menos entretenimiento para la república. El uno se llamaba El libro de las libreas, en el cual pintaba setecientas y tres libreas, con sus colores, mote y cifras, de donde podían sacar los caballeros de la corte las que quisiesen para fiestas y saraos, sin mendigarlas de nadie ni pedir a sus molleras más de lo justo, como suele decirse, para traérselas a pelo y propósito; «porque —dijo— yo doy a los celosos, a los desdedichados, a los olvidados, a los ausentes, libreas que les vengan y cuadren sin faltar palmo. Otro libro tengo también, que le pienso llamar Metamorfosis, o el Ovidio español, de invención rara y nueva, porque, imitando a Ovidio a lo burlesco, muestro en él quién fue la Giralda de Sevilla y el Ángel de la Magdalena, qué