dos hanegas de trigo, y prometió de traducirlos bien y fielmente y con toda brevedad; pero yo, por facilitarle el negocio, y por no dejar de la mano tan buen hallazgo, le truje a mi casa, donde en poco más de mes y medio los tradujo todos del mesmo modo que aquí se relatan.
En el primer pliego estaba dibujada al vivo la batalla de don Quijote con el vizcaíno: puestos en la mesma disposición que la historia cuenta, las espadas en alto, el uno amparado de su adarga y el otro de su almohada, y la mula del vizcaíno tan al natural, que se dejaba ver ser de alquiler desde un tiro de ballesta.
Tenía el vizcaíno a sus pies un rótulo que decía: Don Sancho de Azpeitia, que sin duda debía de ser su nombre; y a los pies de Rocinante estaba otro que decía: Don Quijote.
Estaba Rocinante marcadísimamente pintado, tan largo y tendido, tan macilento y flaco, con tanta espina y tan togado de corambre, que mostraba bien con cuánta consideración y propiedad se le puso el nombre de Rocinante.
Junto a él estaba Sancho Panza, que tenía avanto a su asno, a cuyos pies había otro letrero que decía: Sancho Zancas, y debía de tener, a lo que mostraba la pintura, la barriga grande, el talle corto y las zancas largas, por lo cual sin duda se le debieron de poner los nombres de Panza y de Zancas, que con estos dos sobrenombres le llama algunas veces la historia.
Otras menudencias se pudieran advertir, pero todas son de poca importancia y que no hacen al caso para la verdadera relación de la historia, que no hay ninguna mala como sea verdadera.
Si contra la presente se opus alguna objeción en cuanto a su veracidad, no podrá ser otra sino que su autor fue árabe, siendo muy propia de aquella nación la mentira; aunque, por ser tan nuestros enemigos, es de creer antes se han quedado cortos que largos en ella.