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nydus/Don QuixotePublic
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XXIII

«Mala hora, peor sazón y triste día fue aquel en que vuestra merced, señor mío y de mi alma, bajó al otro mundo, y desgraciado el momento en que dio con el señor Montesinos, que nos le ha enviado vuelto de esta manera. Mejor estaba vuestro merced aquí arriba en su sano juicio, tal cual Dios se le había dado, soltando sentencias y dando consejos a cada paso, y no como ahora, diciendo los mayores disparates que imaginarse

—Por lo que te conozco, Sancho —dijo don Quijote—, no hago caso de tus palabras.

—Ni yo la de vuestra merced —dijo Sancho—, ora me azote, ora me mate por las que he dicho y diré si no enmienda y corrige las suyas. Mas dígame, agora que estamos en paz, ¿cómo o de qué modo conoció a la señora nuestra ama?; y si le habló, ¿qué le dijo, y qué le respondió?

—La reconocí —dijo Don Quixote—, por las mismas vestiduras que traía cuando tú me la mostraste. Yo le hablé, pero ella no me respondió palabra; antes bien, me volvió las espaldas y huyó a correr, que no la alcanzara una ballesta. Yo quise seguirla, y lo hubiera hecho si Montesinos no me aconsejara que no tomase el trabajo, pues sería en vano, mayormente que se acercaba el tiempo en que era necesario que yo saliese de la cueva. Díjome, además, que con el tiempo me daría noticia de cómo él y Belerma, y Durandarte, y todos los que allí estaban, habían de ser desencantados. Mas de cuanto allí vi y noté, lo que más pena me dio fue que, estandome hablando Montesinos, a un lado de mí se llegó, sin que yo la viese venir, una de las dos compañeras de la desdichada Dulcinea, y, con los ojos llenos de lágrimas, con voz turbada y baja, me dijo: > «Mi señora Dulcinea del Toboso besa las manos a vuestra merced, y suplica a vuestra merced le haga merced

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