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nydus/Don QuixotePublic
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VIII

artificio de la grande máquina y su maravillosa arquitectura, y, habiéndose apartado del tragaluz, dijo al emperador: «Mil veces, Sacra Majestad, me vino a los deseos de asirme de vuestra Majestad y echarme desde aquel tragaluz abajo, por dejar de mí memoria en el mundo que durara para siempre». —«Doy gracias a Dios —respondió el emperador— de que no pusisteis en efecto tan mal pensamiento, y yo os daré ocasión de que nunca más en adelante pongáis a prueba vuestra lealtad; y así, os prohíbo que jamás me habléis ni estéis donde yo esté»; y con esto le mandó hacer una liberal merced. Quiero decir, Sancho, que el anhelo de alcanzar fama es de muchísimo momento. ¿Quién piensas tú que despeñó al Tíbar abajo, armado de todas armas, a Horacio? ¿Quién abrasó la mano y el brazo a Mucio? ¿Quién hizo precipitar a Curcio en el profundo ardiendo sorbedero que se abrió en mitad de Roma? ¿Quién, contra todos los agósticos contrarios que se lo prohibían, hizo pasar el Rubicón a Julio César? Y por venir a los modernos, ¿quién dio al través con los navíos y dejó anegados y cortados los valerosos españoles guiados por el cortesísimo Cortés en el Nuevo Mundo? Todas estas y otras muchas grandes y grandísimas hazañas son, fueron y serán obras de la fama, que los mortales desean como premio y parte de la inmortalidad que sus famosos hechos merecen; puesto que los cristianos católicos y caballeros andantes debemos mirar más a la gloria de los siglos venideros, que es eterna en las regiones etéreas y celestiales, que a la vanidad de la fama que en este presente y transitorio siglo se alcanza; la cual fama, por mucho que dure, al fin ha de acabar con el mismo mundo, que tiene su fin señalado. Así que, oh Sancho, en lo que hiciéremos no hemos de pasar los límites que la religión cristiana que profesamos nos ha puesto. Hemos de matar la soberbia en los gigantes; la envidia, en la generosidad y gran corazón; la ira, en el reposado continente y en la mansedumbre; la gula y el sueño, en la poca comida que comemos y en el mucho víspero que velamos; la lujuria y lascivia, en la lealtad que guardamos a las que hemos hecho señoras de nuestros pensamientos; la pereza, con andar por todas las partes del mundo buscando ocasión que nos haga y señale, sobre

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