No lejos de aquí hay un sitio donde se halla un par de docenas de altos hayas, y no hay ninguna de ellas que no tenga esculpido y grabado en su lisa corteza el nombre de Marcela, y encima de algunos una corona tallada en el mismo árbol, como si su amante quisiera decir más claramente que Marcela llevaba y merecía la de toda la hermosura humana.
Aquí suspira un zagal, allí se lamenta otro; aquí se oyen canciones de amor, allí elegías desesperadas.
- Uno se pasa las horas de la noche sentado al pie de algún roble o peñasco, y allí, sin haber cerrado sus llorosos ojos, le halla la mañana el sol embelesado y privado de sentido;
- y otro, sin tregua ni sosiego a sus suspiros, tendido sobre la ardiente arena en plena fuerza de la calurosa siesta veraniega, hace sus peticiones a los cielos piadosos,
y de uno y de otro, de estos y de todos, la hermosa Marcela triunfa libre y descuidada.
Y todos los que la conocemos estamos esperando a ver en qué viene a parar su soberbia, y quién ha de ser el venturoso que podrá domar una condición tan brava y alcanzar a poseer una hermosura tan soberana.
Siendo, pues, tan verdad todo lo que he dicho, estoy en todo persuadido que lo que dicen de la causa de la muerte de Crisóstomo, como nos dijo nuestro zagal, es lo mismo; y así, hame parecido, señor, que no dejéis de venir mañana a su entierro, que será digno de verse, según son los amigos que Crisóstomo tenía y lo apartado que está el lugar donde mandó enterrarse de aquí, que no habrá media legua.
—Procuraré tenerlo muy en cuenta —dijo don Quijote—, y os agradezco el gusto que me habéis dado al contarme un cuento tan interesante.