A imitación de ellos, se paró un poco, y después de harto pensar, soltó la rienda a Rocinante, fiando su voluntad a la del rocín, el cual siguió su primera intención, que fue irse derecho a su caballeriza.
Apenas había andado unas dos millas, cuando Don Quixote descubrió un grueso tropel de gente que, según pareció después, eran unos mercaderes toledanos que iban a Murcia a comprar seda.
Venían seis, con sus quitasoles, a caballo, con cuatro criados y tres arrieros a pie.
Apenas don Quijote los hubo avistado, cuando se le antojó que aquello debía de ser nueva aventura; y por imitar en todo lo que pudo aquellos pasos que había leído en sus libros, parecióle venir de molde una a propósito, la cual determinó acometer.
Así, con arrogante continente y resolución, se apretó bien en los estribos, apretó la lanza, embrazó la adarga y, puestose en mitad del camino, estuvo esperando que aquellos caballeros andantes —que tales los juzgaba y tenía— llegasen a acercarse; y cuando estuvieron a tanta distancia que pudiesen verle y oírle, con ademán altanero exclamó:
«Todo el mundo se detenga, si todo el mundo no confiesa que no hay en el mundo todo doncella más hermosa que la Emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso».
Los mercaderes se detuvieron al son de estas razones y a la vista de la extraña figura que las decía; y, por el uno y por la otra, juzgaron luego la locura de su dueño; mas quisieron enterarse despacio de qué confesión era la que se les pedía, y uno dellos, que era un poco burlón y muy discretísimo, le dijo: > —Señor caballero, nosotros no conocemos quién sea esa buena señora que decís; mostrádnosla, que si ella es