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nydus/Don QuixotePublic
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XLI

Madrid, donde dio cuenta de todo lo que había visto; y más dijo, que, yendo por el aire, le mandó el diablo que abriese los ojos, y los abrió, y vio que estaba tan cerca de la luna, a su parecer, que la pudiera asir con la mano, y que no osó mirar a la tierra por no desmayarse. Así que, Sancho, no hay para qué desnudarnos, que el que nos lleva de la cuenta dará cuenta de nosotros; y quizá llevamos región y vamos subiendo en alto para venir a dar de golpe en el reino de Candía, como hace el sacre o el halcón en la garza, para alcanzarla por alto que vuele; y aunque no nos parece que ha media hora que salimos del jardín, creedme que debemos de haber andado gran

—No sé cómo sea eso —dijo Sancho—; solo sé que si la señora Magallanes o Magalona se conformó con estas ancas, no debía de ser muy tierna de carnes.

El duque, la duquesa y todos los del jardín estaban escuchando la plática de los dos héroes, y estaban sumamente contentos de ella; y queriendo dar remate a tan extraña y bien trazada aventura, pegaron fuego a la cola de Clavileño con unas estopas, y, como el caballo estaba lleno de tronadores, reventó al momento con un gran estruendo y dio con don Quixote y con Sancho Panza en el suelo medio chamuscados. A este tiempo, el barbado escuadrón de las dueñas, con la Trifaldi y todo, se había desvanecido del jardín, y los que quedaron yacían tendidos en el suelo como si estuvieran sin sentido. Don Quixote y Sancho se levantaron algo maltrechos y, mirando a todas partes, quedaron admirados de verse en el mismo jardín de donde habían partido, y de ver tanta gente tendida por el suelo; y creció más su asombro cuando vieron que a un lado del jardín estaba hincada en tierra una gran lanza, de la cual pendían, atados con dos cordones de seda verde, unos pliegues de pergamino blanco, en los cuales estaba escrita con letras de oro la siguiente inscripción:

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