media legua adelante, quizás no acertaréis a salir; y yo me espanto de cómo habéis podido acá llegar, pues no hay camino ni senda que a este sitio encamine. Digo, pues, que, en oyendo nuestra respuesta, el mancebo volvió las riendas y se entró por la sierra hacia la parte que le dijimos, dejándonos a todos con la gana de su buen talle, y admirados de su pregunta y de la priesa con que le vimos partir en dirección de la sierra; y desde entonces hasta ahora no le habíamos visto más, hasta que algunos días después salió al camino a uno de nuestros pastores, y sin decirle palabra, se llegó a él y le dio muchos puñetazos y coz, y luego se volvió al asno de nuestra Fiambrera y tomó cuanto pan y queso llevaba, y habiendo hecho esto, se volvió a entrar por la sierra con extraña ligereza. Sabido esto por nosotros los cabreros, le anduvimos a buscar por espacio de dos días por lo más escondido desta sierra, al cabo de los cuales le hallamos metido en el hueco de un grueso y grande alcornoque. Salió a nuestro encuentro con mucha mansundad, ya roto el vestido y el rostro tan desfigurado y tostado del sol, que apenas le conocimos, a no ser porque los vestidos, aunque rotos, nos dieron a entender, por la memoria que dellos teníamos, ser el que buscábamos. Saludóunos cortésmente, y con razones muy bien cortadas nos dijo que no nos marasemos de verle andar en aquella forma, por serle así forzoso para cumplir una penitencia que por sus muchos pecados le estaba impuesta. Rogámosle que nos dijese quién era, mas nunca lo pudimos sacar dél; rogámosle también que, cuando hubiese menester el mantenimiento, el cual no podía faltar, nos dijese dónde le hallaríamos, porque se le llevaríamos con toda voluntad y aparejo; o que si esto no quisiese, que a lo menos nos viniese a pedir dello, y no lo tomase por fuerza a los pastores. Agradeció el ofrecimiento, pidió perdón del asalto pasado y prometió de allí adelante de pedirlo por amor de Dios, sin hacer fuerza a nadie. Y en lo que toca a su morada, dijo que no tenía otra que la que el acaso le ofrecía donde la noche le topaba; y acabó su plática con un amargísimo llanto, tales, que debiéramos de ser de piedra los que le escuchábamos si no le acompañáramos en él, considerando lo que le habíamos visto la primera
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XXIII. De lo que le sucedió a don Quijote en Sierra Morena
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