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nydus/Don QuixotePublic
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VII

—Y tan bien entendidos —replicó don Quijote—, que he penetrado en las entrañas de tus pensamientos, y sé a qué blanco tiras con las innumerables flechas de tus refranes. Mira, Sancho: yo bien te pondría salario si hubiera leído en alguna historia de caballeros andantes indicio o sombra, por mínima que fuera, de lo que solían ganar mensualmente o anualmente los escuderos; mas yo he leído todas o las más historias de los caballeros andantes, y no me acuerdo haber leído que ningún escudero tuviese salario tasado, sino que todos servían a merced; y cuando menos se pensaban, si a sus amos les cabía la mano, se veían premiados con una ínsula, o cosa a lo menos que lo valía, o, por lo menos, les quedaban título y señorío. Si con estas esperanzas y añadiduras gustas, Sancho, de volver a mi servicio, en hora buena; mas pensar que he de alterar el antiguo uso de la caballería andante es pensar en lo escusado. Y así, hijo Sancho, vuélvete a tu casa y dale parte de mi intención a tu Teresa, y si ella quiere y tú gustas, bene quidem; que si no, amigos como antes; porque si en elpalomar no falta cebada, no faltarán palomas; y advierte, hijo, que más vale buena esperanza que ruin posesión, y mejor buena queja que mal pago. Háblote, Sancho, destas maneras para que veas que así como tú sabes desatar refranes, sé yo ensartarlos; y, en resolución, te digo que si no quieres venir a merced conmigo y correr mi misma suerte, ¡con Dios y que te hagas santo!, que escuderos no me han de faltar más obedientes, más solícitos y no tan zurdos ni habladores como tú.

Cuando Sancho oyó las firmes y resolutas razones de su amo, se le nubló el cielo y se le cayeron las alas del corazón, porque tenía creído que su amo no iría sin él por cuanto oro hay en el mundo; y estando así atónito y melancólico, entró Sansón Carrasco con el ama y la sobrina, las cuales querían saber con qué razones pensaba persuadir a su amo a que no fuese a buscar aventuras. El socarrón de Sansón se llegó a él, y, abrazándole como la otra vez, dijo con voz alta: —¡Oh flor de la caballería andante! ¡Oh lumbrera de las armas! ¡Oh honor y espejo de la nación española! Pleaga al Todopoderoso

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