los cuatro hombres querían, se habían ideado irse sin pagar el hospedaje; mas el ventero, que atendía a lo suyo más que a lo ajeno, los sintió salir por la puerta y les pidió la cuenta, agraviándolos con palabras de tal manera por su mala intención, que los obligó a responder con los puños, y de tal suerte comenzaron a darle golpes, que el pobre hombre se vio obligado a dar voces pidiendo favor. La ventera y su hija no vieron persona más desocupada para dar ayuda que a don Quixote, a quien la hija le dijo: —Señor caballero, por la virtud que Dios os ha dado, socorred a mi pobre padre, que dos malvados hombres le están moliendo a palos.
A lo cual Don Quijote respondió con gran pausa y flema:
«Hermosa doncella, por ahora vuestra petición es inoportuna, porque me está vedado entrometerme en aventura alguna hasta que no haya llevado a feliz término aquella a la que mi palabra me tiene comprometido; mas lo que puedo hacer por vos en pago de lo que deseáis es lo que ahora os diré: id y decid a vuestro padre que se atenga y defienda lo mejor que pudiere en esta pelea, y que por ningún modo consienta ser vencido, en tanto que yo voy a pedir licencia a la princesa Micomicona para que me deje socorrerle en su cuita; la cual, si me la diere, estad cierta que le sacaré de ella».
—Pecadora de mí —exclamó Maritornes, que estaba escuchando—; antes de que a usted le den la licencia, estará mi amo en la otra vida.
—Conceded me sea, señora, obtener la licencia de que hablo —respondió don Quijote—; y si la alcanzo, poco importará que él esté en la otra red; que yo le sacaré de allá a despecho de cuantos mundos se opongan, o a lo menos le daré tal venganza de los que le hubieren enviado, que quedéis más que medianamente satisfecha; —y sin decir