llaman seguidillas! ¡Entonces es cuando los saltan los corazones y estalla la risa, y el cuerpo se alborota y todos los sentidos se vuelven azogue! Y así digo, señores, que bien merecen estos trovadores ser desterrados a las islas de los lagartos. Aunque no son ellos los culpables, sino los simples que los alaban y los bobos que los creen; y si yo hubiera sido la dueña fiel que debía ser, sus ajados conceptos nunca me hubieran movido, ni me habrían engañado frases tales como «viviendo muero», «en el hielo ardo», «en el fuego tiemblo», «desesperado espero», «me voy y me quedo», y semejantes paradojas de que están sus escritos llenos. ¡Y luego cuando prometen el Fénix de Arabia, la diadema de Ariadne, los caballos del Sol, las perlas del Sur, el oro de Tíbar y el bálsamo de Panaya! ¡Entonces es cuando sueltan la rienda a la pluma, que poco les cuesta prometer lo que no tienen intención ni poder de cumplir! ¿Pero a dónde voy a parar? ¡Ay de mí, infeliz! ¿Qué locura o desatino me lleva a hablar de las faltas ajenas, habiendo tanto que decir de las mías? ¡Otra vez ay de mí, desdichada! No fueron los versos los que me vencieron, sino mi propia simpleza; no fue la música la que me rindió, sino mi propia indiscreción; mi mucha ignorancia y poca advertencia abrieron la puerta y despejaron el camino a los atrevimientos de don Clavijo —que así se llamaba el caballero de quien hablo—, el cual, con mi alcahuetería y favor, muchas veces se entró en el aposento de la engañada Antonomasia (engañada no por él, sino por mí), so título de legítimo esposo; que, pecadora como era, no le consintiera yo llegar a la suela de su zapato sin ser su marido. No, no, eso no; que el matrimonio ha de ir por delante en cualquier negocio de esta calaña que yo trate. Mas hubo un tropiezo en este caso, y fue la desigualdad, por ser don Clavijo caballero particular y la infanta Antonomasia, como tengo dicho, heredera del reino. Estuvo el enredo cubierto y disimulado por algunos días con industria mía, hasta que vi que un cierto ensanchamiento de talle de Antonomasia había de darlo presto a conocer, de cuyo temor todas tomamos consejo, y se acordó que, antes que el mal saliese a luz, don Clavijo pidiese a Antonomasia por mujer ante el Vicario, a virtud de un billete que la
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