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nydus/Don QuixotePublic
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XXXI

Los duques reprimieron la risa por no mortificar del todo a Don Quijote, porque bien veían la impertinencia de Sancho; y por mudar de plática y evitar que Sancho dijese más necedades, preguntó la duquesa a Don Quijote qué nuevas tenía de la señora Dulcinea, y si le había enviado últimamente algún presente de gigantes o malandrines, pues por fuerza tenía que haber vencido a unos cuantos.

A lo que respondió Don Quijote: «Señora, mis desventuras, aunque tuvieron principio, jamás tendrán fin. Yo he vencido gigantes y he enviado a su pesar aulladores y malandrines; ¿pero dónde la han de hallar si está encantada y convertida en la más fea labradora que imaginarse puede?».

—No sé —dijo Sancho Panza—; a mí me parece la criatura más hermosa del mundo; a lo menos, en la ligereza y en el brincar no le cede la ventaja a un volatín; a fe mía, señora duquesa, que salta del suelo sobreombro de un rucio como un gato.

—¿La habéis visto encantada, Sancho? —preguntó el duque.

—¡Cómo que si la he visto! —dijo Sancho—; ¿pues quién diablos ha de ser sino yo el que primero dio en el truco de la encantación? Tan encantada está como mi padre.

El eclesiástico, cuando les oyó hablar de gigantes y malandrines y encantamentos, comenzó a sospechar que aquel debía de ser don Quijote de la Mancha, cuya historia el duque siempre leía; y él muchas veces se lo había reprendido, diciéndole que era locura leer tales necedades; y viniendo a venirse en conocimiento de que su sospecha era verdadera, volviéndose al duque, le dijo con mucha cólera: —Bien puede vuestra excelencia, señor, dar cuenta a Dios de lo que este buen hombre hace. Este don Quijote, o don Tonto, o como se llama, imagino yo que no debe de ser tan duende como vuestra excelencia quiere, pues le da pie a que lleve adelante sus vaciedades y consejas.

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